Nació en Tarso (en la actual Turquía) y recibió de
sus padres, fieles cumplidores de la religión judaica, el nombre de Saulo (por el antiguo
rey hebreo Saúl). Al octavo día fue circuncidado (como estipulaba la Ley judía)
y se educó, con el máximo rigor, de acuerdo con la interpretación farisaica de
la Ley. Como joven judío de la diáspora, escogió el nombre latino de Pablo, por
la similitud fonética de éste con el suyo.
Sus epístolas posteriores reflejan un conocimiento profundo de
la retórica griega, algo que sin duda aprendió en Tarso cuando era joven. Pero
sus modelos de pensamiento reflejan también una educación formal en la Ley
mosaica, quizá recibida en Jerusalén del famoso maestro Gamaliel el Viejo
durante su preparación para convertirse en rabino (Fabris, p. 32). Destacado
estudioso de la Ley y defensor acérrimo de la ortodoxia judía (Gál. 1,14; Flp.
3,6), su celo lo llevó a perseguir a la naciente Iglesia cristiana por
considerarla una secta hebrea contraria a la Ley que debía ser destruida (Gál.
1,13). En los Hechos de los Apóstoles se relata su participación como testigo
en la lapidación de san Esteban, el primer mártir cristiano.
San Pablo realizó un
total de 4 viajes, tres misionarios y uno en cautividad de Jerusalém a Roma
donde fue acusado y decapitado. La mayoría de las tierras visitadas por San
Pablo durante sus peregrinaciones se encuentran en Anatolia. Las razones que
motivaron a San Pablo a realizar estos viajes fueron la de convertir a las
gentes al cristianismo y la predicación de su religión. En estos viajes hay
tres lugares importantes a destacar:
© Yalvac (Antioquia
de Psidia), lugar donde dejó de convertir a los seguidores de la religión judía
para dedicarse a convertir a las gentes idólatras de Anatolia.
©
Éfeso, lugar donde San
Pablo residió más tiempo (2 años), fue aquí donde encontró más resistencia por
parte de los idólatras siendo expulsado de la ciudad.
© Mileto,
aquí es donde San Pablo pronuncia su discurso de despedida a los éfesos.
No hay que olvidar que además de sus
viajes, San Pablo enviaba cartas a las diferentes comunidades cristianas en
Anatolia, podemos destacar por su importancia las Cartas a los gálatas y a los
éfesos. Se considera que San Pablo es el personaje más importante en la
expansión de la religión cristiana.
Primer viaje: Perge:
Perge
era una de las ciudades romanas más importantes de la costa mediterránea de
Asia Menor. Una ciudad comparable a Éfeso en términos de poder y sofisticación.
Esta ciudad fue el primer lugar de Asia Menor en el que Pablo puso el pie,
junto a Bernabé y Marcos (el evangelista). Desde Perge, Marcos regresó a Jerusalén,
probablemente debido a cierta disputa entre ellos. No se sabe si Pablo predicó
en Perge o no. Pero sí se supone que Pablo contrajo una enfermedad
(posiblemente malaria) en la pantanosa zona de Perge.
Antioquia de Pisidia (Yalvac):
Segundo viaje (acompañado por Silas y Timoteo):
En su segundo
viaje, siguiendo la ruta de Derbe, Lystra, Iconium (actual Konia) Antioquía de
Pisidia, y Alejandría Troas o Tróade, Pablo llegó a Grecia. A su regreso de Grecia, visitó Éfeso y
después volvió a Antioquía. El propósito principal de este segundo viaje debió
ser el deseo de llegar a Éfeso para predicar. Sin embargo, cuando estaban en
las planicies de Bitinia, Pablo oyó la llamada de Macedonia y él desvió su
camino hacia Alejandría Troas donde tomó un barco que le llevó a Macedonia (no
llegó a predicar en Troas en esta ocasión, sino que lo hizo en su tercer
viaje).
A su
regreso visitó por fin Éfeso. Antes de volver a las tierras santas de
Jerusalén, dejó a Pricila y Aquila a cargo de la congregación cristiana en
Éfeso y prometió volver. Después partió para Tierra Santa.
Tercer viaje:
El
tercer viaje de Pablo fue, sin duda, complejo, y debido a diferentes razones
enmarcó su misión más difícil. Esta etapa incluyó la experiencia de una fuerte
oposición por parte de la población autóctona, además de verse jalonada por las
crisis que sacudieron las comunidades de Galicia y de Corinto y que motivaron
la intervención de Pablo y de sus compañeros, a través de sendas epístolas
suyas y de visitas personales. Sin embargo, fue una de las misiones más
fecundas. Tradicionalmente esta etapa se data de los años 54 a 57. En esa etapa
de su vida, Pablo escribió buena parte de su obra epistolar. Desde Antioquía,
Pablo pasó por el norte de Galicia y Frigia «para confirmar a todos los
discípulos» que había allí y siguió hasta Éfeso, capital de Asia Menor, donde
fijó su nueva sede de misión, y desde donde evangelizó toda el área de
influencia acompañado por el equipo que dirigía. Se considera segura la estadía
de Pablo en Éfeso durante 2 o 3 años.
También
en esta etapa llegaron a oídos de Pablo noticias sobre graves problemas
surgidos en la Iglesia de Corinto. Pablo llegó a Corinto, en la que
probablemente sería su tercera visita a aquella ciudad. Permaneció tres meses
en Acaya. Entre tanto, Pablo venía
pensando en regresar a Jerusalén. Cuando ya había decidido embarcarse en
Corinto con rumbo a Siria, algunos judíos tramaron contra él una conjura y
Pablo resolvió regresar por tierra, a través de Macedonia. Acompañado por
algunos discípulos, Pablo se embarcó en Filipos hacia Tróade (o Troas) pasando
luego por Asoss y Mitilene. Bordeando la costa de Asia Menor, navegó desde la
isla de Quíos a la isla de Samos y luego a Mileto, donde pronunció un
importante discurso a los ancianos de la Iglesia de Éfeso convocados allí.
Después se dirigió a Jerusalén.
Se convirtió al cristianismo tras
experimentar una visión de Cristo durante un viaje de Jerusalén a Damasco (He.
9,1-19; 22,5-16; 26,12-18), acontecimiento al que se refiere sin emplear el
término “conversión”, que implica un cambio de una a otra religión. Para él,
esta revelación de Jesucristo suponía la señal del fin de todos los credos y,
por tanto, de todas las diferencias religiosas (Gál. 3,28). En cambio, habla
con reiterativa insistencia de que Dios “lo llamó” (ver más adelante Elección)
al cristianismo y a la evangelización de los gentiles. Aunque reconoció la
legitimidad de su misión entre los judíos, como la llevada a cabo por san
Pedro, estaba convencido de que el cristianismo era una llamada que Dios hacía
a todas las personas al margen de los requerimientos de la Ley judía.
Según el conocido relato contenido
en los Hechos de los Apóstoles, Pablo realizó tres viajes misioneros. Sus
cartas revelan que su itinerario se guio por tres preocupaciones principales:
(1) su vocación de evangelizar territorios aún no hollados por otros
evangelistas cristianos, de ahí sus planes para dirigirse por el oeste hasta
Hispania (Rom. 1,14 y 15,24-28); (2) su interés pastoral por volver a visitar
sus propias congregaciones cuando surgieron problemas, como, por ejemplo, sus
diversas visitas a Corinto; y (3) su inquebrantable determinación por entregar
él mismo en la Iglesia judeocristiana de Jerusalén el dinero recolectado en sus
iglesias gentiles. Aunque los eruditos no captan de forma convincente los
motivos de Pablo en este empeño, lo cierto es que abrigaba el propósito de
unificar las iglesias de su misión gentil con las de los judíos cristianos de
Palestina.
Pablo nunca habla de su conversión del judaísmo al
cristianismo, sino de haber sido “llamado” por Dios. En esencia dijo lo mismo a
todos los cristianos, por lo que puede considerarse que para él el cristianismo
no parte de una actitud personal sino en la propia decisión de Dios que se
manifiesta a través de su hijo y al enviar su espíritu. Es Dios quien llama a
las personas para que se unan a la comunidad cristiana a través del don de la
gracia. Pablo insiste en la naturaleza radical del poder de Dios afirmando que
con la muerte de Cristo Dios ha rectificado al impío (Rom. 4,5). No es que Dios
aliente a los pecadores a rectificar por medio de las buenas obras, sino que
actúa en primer lugar, y la fe es un don de Dios más que un acto voluntario y
consciente del ser humano (Gál. 5,22). La fe, igual que la vida misma, es algo
que Dios hace nacer (Rom. 4,17) y no depende de la voluntad o esfuerzo de la
persona, sino de la misericordia divina (Romanos 9:16).
Pablo asume el esquema básico
temporal de la especulación apocalíptica hebrea que postula dos edades: la
Antigua, bajo el dominio de Satán y sus huestes, y la Nueva, que Dios señalará
en algún momento del futuro gracias a su omnipotencia. Para Pablo, la venida de
Jesucristo por expresa voluntad de Dios había inaugurado ya la nueva era,
aunque todavía no había borrado por completo los poderes del pecado y la muerte
de la Edad Antigua. Por el contrario, creía que ambas edades se encontraban
enzarzadas en un combate, como podía advertirse, por ejemplo, por el hecho de
que el poder de la muerte todavía no había sido destruido.
Sin embargo, consideró seguro el
resultado final de la batalla apocalíptica porque Dios había dado el golpe
definitivo liberador (por paradójico que pueda parecer) en la cruz, momento en
que, en apariencia, los poderes de la Edad Antigua habían conseguido un gran
triunfo. Atribuyó la crucifixión a los “príncipes de este siglo”, expresión con
la que se refirió a las autoridades políticas implicadas y a los poderes
demoniacos que operaban en y a través de ellas (1 Cor 2,8), pero su victoria
sería efímera, porque al crucificar al “Señor de la gloria” sellaron su propia
destrucción (1 Cor, 2,6).
Para Pablo, una verdadera
percepción de la cruz revela el extraño poder de Dios, un poder que se hace
perfecto en su propia manifestación de debilidad. Dios afirmó este poder al
resucitar a Jesús de entre los muertos, al enviar al Espíritu Santo y al fundar
la Iglesia como fundamento de la Edad Nueva venidera, situándola en medio de la
batalla escatológica con la seguridad de que pronto enviaría al Señor
resucitado para lograr la victoria final del Bien.
Por consiguiente, no es nada extraordinario que
este poder del Espíritu inspirador del testimonio se refleje a la vez en la
vida del Apóstol y en los resultados de su apostolado. Su "carne" es
frágil, sabe que no puede contar con sus propias fuerzas, sin embargo, tiene
seguridad como testigo. Esa seguridad, que le permite anunciar resueltamente el
Misterio del Evangelio en medio de tribulaciones y persecuciones, le viene del
Espíritu que obra en su ministerio, del Espíritu que sus cristianos piden para
él (2 Cor 3, 12; Fil 1, 19-20; Ef 6, 18-20).
Acepta los sufrimientos que asemejan su misión a
las pruebas del Mesías por su pueblo (cf. Col 1, 24), porque la alegría del
Espíritu Santo los cambia en esperanza (l Tes 1, 6; 2 Cor 7, 4; cf. Rom 5, 3-5).
Así, el Espíritu, poder de Dios presente en la debilidad del Apóstol, penetra
toda su vida para convertirla en servicio del Evangelio. Ya no es solamente la
palabra de Pablo la que anuncia a Jesús, sino su misma vida, todo su
comportamiento, especialmente su desinterés (2 Cor 10, 15-18; 11, 7-10), para
no ser descalificado (cf. I Cor 9, 24-27). Está totalmente consagrado a la
Liturgia del Evangelio que hace de los paganos una ofrenda agradable en el
Espíritu Santo (Rom 15, 16). En este contexto se atreve incluso a presentarse a
sus cristianos como para ser imitado: "Porque aunque tengáis diez mil
pedagogos en Cristo, no tenéis muchos padres, porque yo os engendré en Cristo
por medio del Evangelio. Os suplico, por tanto, que seáis imitadores míos...
como yo lo soy de Cristo" (1 Cor 4, 15-16; 11, 1). Pablo sólo se permite
esta audacia porque tiene un sentido muy agudo de que en él todo es don del
Espíritu (cf. I Cor 15, 20; 2 Cor 11, 23 ss.).
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminar¿CUÁL ES EL PAPEL DE LA TEOLOGÍA DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES Y LOS ESCRITOS PAULINOS, EN EL CONTEXTO DEL PROCESO DE PAZ EN LA HABANA?
ResponderEliminar